Por Giannina Rocha

Una cifra tatuada en sus brazos como su nueva identidad. Como si fueran ganado, ya no tenían nombre. Los transportaban en minúsculos vagones cerrados durante días entre sus propios desechos. No se les proveía de utensilios para alimentarse y se les rebajaba a lamer el plato como perros. Hasta muertos se suprimió su condición de hombres, sus restos se utilizaban como “materia prima”: los cabellos para textilería, las cenizas como fertilizante.

Las metáforas anteriores son algunas de las utilizadas por Primo Levi, autor de “Si esto es un hombre”, para transmitir cómo las monstruosas prácticas de los campos de concentración y exterminio en Polonia pusieron en pausa su condición humana y la de miles de víctimas junto a él.

A lo largo del texto se retratan los impresionantes cambios físicos que sufrieron, llegando a convertirse en cuerpos esqueléticos con la piel amarillenta, las caras hundidas y heridas que sustituían a la piel. Sin espejos, podían ver entre ellos su transformación, percatándose de que lo divisado no podía tratarse de hombres con singularidades, de que ya no existían doctores, ingenieros, o químicos como él.

Las dificultades y pericias necesarias para conseguir prendas de vestir que lograran soportar los efectos del clima durante todo el año, sobre todo en el temido invierno, ayudan a imaginar las paupérrimas condiciones de vida y trabajo forzado en los campos.

A nivel psicológico se habla de sentimientos que no se logran transmitir del todo, o mejor dicho, percibir. Como lectores la empatía nos asegura interés en los que leemos y, en esta publicación, el nivel de atrocidades vividas por el autor es tan extremo que se hace difícil imaginar sus sensaciones. Por esta razón el interés en esta lectura se logra a través de la minuciosidad de detalles, historias y personajes que se van presentando en el relato. Como su relación con Alberto, la única persona con quien formó una amistad real. Su mutua lealtad en medio de la lucha de miles por sobrevivir en condiciones adversas logra enternecer. Lucha en la que se dormía con las pertenencias debajo de la almohada para que no fueran robadas y se debía racionar una pequeña rebanada de pan durante días.

Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás.” Levi invita a reflexionar sobre la deshumanización en los miembros de la militancia nazi. No sólo las víctimas dejaron de ser hombres, en el mundo de los Lager (campos de concentración y exterminio), las morales y lógicas de los ejecutores carecían de forma.

El autor hace una comparación interesante con los campos de exterminio rusos, donde los prisioneros hablaban el mismo idioma que los militantes. Por el contrario, en el caso de los nazis, éstos se paraban como superhombres dando órdenes en un idioma que sus víctimas no comprendían y propinaban fuertes golpizas a quienes no obedecían a órdenes imposibles de entender.

El autor nos recuerda constantemente que la suerte es la única responsable de que hoy sus vívidos recuerdos puedan ser transmitidos. A diferencia del 98% de capturados, quienes murieron sin recuperar el sentimiento de ser persona.

Judíos camino a Auschwitz. Foto: Auschwitz Album – Autor Anónimo