Por Josefina Valtier

Ahí estábamos, expectantes, esperando para ver si el agua se convertía en fuego. Nos habían comentado que para que el acontecimiento ocurriera tenían que darse ciertas condiciones:

  • Tenía que haber nevado hace poco
  • No tenía que hacer mucho frío, por más de que fuera invierno
  • La cascada tenía que tener suficiente agua (había muy poquita por la sequía de California)
  • En el momento en el que el sol se estuviera por esconder no tenía que haber ni una sola nube que obstruyera el paso de los últimos haces de luz hacia la cascada.

La que planteaba el interrogante era esta última porque el cielo no estaba totalmente despejado. Eso era lo especial: esta vez no dependíamos de que un ser humano hiciera algo con tecnología sino que era la naturaleza misma la que iba a decidir si ese día veríamos la Cascada de Fuego.

Febrero de 2016. La última parada de nuestro roadtrip por California era el Parque Nacional de Yosemite, en la Sierra Nevada. Llegamos cerca del mediodía y ya había fotógrafos reservando lugares con sus trípodes. Cada cual tenía la teoría de que estaba en el mejor sitio de todos para tomar la foto de la cascada llamada Cola de Caballo.

Nosotras, mi prima Franca y yo, recorrimos el increíble Yosemite y a eso de las tres de la tarde decidimos que era hora de ir a ocupar lugar, ya que un guardaparques nos informó que el sol se escondía cerca de las 17.30 hs. Elegimos un lugar, nos acomodamos con las cámaras y nos dedicamos a esperar. Estábamos rodeadas tanto de fotógrafos profesionales como de amateurs, todos con conservadoras llenas de refrescos y comida para hacer que la espera fuera más amena.

Allí conocimos a nuestros nuevos amigos: Tony, Mike y Tom. El primero había estado ahí el día anterior esperando lo mismo, pero a último momento una nube se entrometió y no pudo verlo. Mike es ingeniero y un fanático de viajar y de probar las comidas típicas de todos los lugares a los que va. Tom es un fotógrafo que vive en la ciudad costera de Monterey que había ido especialmente para presenciar el acontecimiento. Así pasamos el tiempo: hablando de viajes y planes a futuro, compartiendo comida y haciendo excursiones al bosque para eliminar la bebida (difícil encontrar lugar porque la gente parecía haber ocupado cada espacio del parque). Entre palabra y palabra desviábamos nuestros ojos hacia la cascada y el cielo, sabíamos que aún faltaba tiempo pero la ansiedad nos carcomía por dentro.

Tony, Tom, yo, Mike y Franca

Finalmente se hicieron las 17.30 hs. En pocos minutos el sol se iba a esconder. Ya nadie hablaba tanto como antes, y si lo hacíamos por alguna razón era en voz baja, como si nuestras voces pudieran entrometerse entre lo haces de luz y la cascada.

De repente, el color del agua se transformó en rosa claro, como un batido de frutilla con mucha leche. Así estuvo varios minutos, que parecieron horas. A nuestro alrededor se oían comentarios de que hasta ahí llegaría, que iba a suceder lo mismo que el día anterior y que el color no se pondría más rojo. El grupo que estaba al lado nuestro empezó a guardar sus cosas para retirarse. Pero con Franca mirábamos fijo a la cascada rogando que pasara. No podíamos aceptar estar ahí, en un país que tanto nos gusta, rodeadas de una naturaleza increíble y con casi todas las condiciones cumplidas, y que no sucediera. Parecíamos locas gritándole a la cascada“¡vos podés hacerlo!”, y “¡dale!”, pero no podíamos darnos por vencidas.

Y pasó. De un momento a otro comenzó a ponerse rosa más fuerte, luego naranja, luego naranja más intenso y finalmente roja. No lo podíamos creer. De todas partes del bosque se podían escuchar gritos de alegría y aplausos. Nos abrazamos, saltamos y casi se nos caen lágrimas de la felicidad. Fue algo increíble, indescriptible, de esas experiencias que hay que vivir para entenderlas. Cada vez que la recuerdo, y en este momento en el que estoy reviviéndola y escribiendo sobre ella, se me eriza la piel.

Gracias vida por dejarme vivir esa experiencia. Gracias Franca por vivirla conmigo. Gracias Tony, Tom y Mike, familia de Yosemite, por hacerla aún más especial. Pero sobre todo gracias Madre Tierra por ser la protagonista y por habernos dado un momento único como ese.