Por Beatriz Sánchez

Bárbaros, paganos, salvajes y primitivos muestra cómo, a largo de la historia, el conocimiento del otro, -desde la visión eurocéntrica-, ha ido modificándose gracias a las herramientas de saber que son facilitadas por la experiencia del viaje.

El eje central de esta obra se sustenta en el análisis de los pensamientos que han ido trenzando la idea asumida durante distintas épocas históricas del bárbaro, del extranjero, o simplemente de aquellas civilizaciones y pueblos que distaban notablemente
-quizás sí, quizás no tanto- del yo, del nosotros.

La formación de mitos, en muchas ocasiones, ayudaba a explicar la diversidad humana pero casi siempre desde un prisma que mostraba la supremacía del ser humano blanco occidental. Se menciona en el libro, por ejemplo, cómo Caín, la figura negativa de entre los dos hermanos del Génesis, había dado lugar al origen del hombre negro: se muestra una perspectiva que, durante toda la historia, se ha ido reproduciendo, esto es, la piel negra como producto de un castigo divino. No es difícil concluir que, de ser así, ¿cómo iba a ser bueno poseer este color y cómo no iba a ser positivo ser blanco?

La contrariedad se produce cuando chocamos con la realidad, esa situación que a veces resulta tan incómoda porque hace tambalear los cimientos de ideas preconcebidas que la actividad del viajero permitía. Esa realidad se ha podido alcanzar de la mano del viaje, que ha permitido acercarnos y adentrarnos en otros escenarios, pensamientos, culturas, sistemas de creencias, etc. La vía para llegar al otro, el viaje, ha servido de instrumento para saciar esa curiosidad que despierta el pisar lugares completamente ajenos y conocer a esos seres distintos a nosotros, pero iguales también de algún modo.

Mediante la exposición de hechos y con un estilo bastante descriptivo de los mismos, Bestard y Contreras van derribando prejuicios cognitivos arraigados en la cultura etnocentrista que llevan a entender a los demás de una manera muy humana: poniéndose en la piel del otro. De uno de los hechos históricos que se habla en el libro y que cambió el rumbo de todo fueron los viajes a América y la inocente reacción inicial de los colonos. Los nativos americanos no eran estúpidos ni mucho menos salvajes, o al menos no más que los conquistadores europeos, por pensar que aquellos españoles desembarcados en sus tierras eran dioses. Simplemente ese acontecimiento tan incomprensible necesitaba de unos motivos lógicos que esclarecieran esa llegada y qué sistema de creencias más respetado y racional para aquellos nativos -y ahondando en la paridad entre mundos diferentes, para los europeos de la época en multitud de ocasiones-, que la religión y sus mitos. El ser humano, desde que existe, precisa de respuestas a lo desconocido y este evento no iba a ser menos para los americanos que veían irrumpir, en su territorio, a extraños con actitudes chocantes y aspecto tan dispares a los suyos.

Desde esta postura del indio americano o de cualquier otro, se nos puede plantear la siguiente pregunta: ¿es esta alteridad correcta? Sin opción a la más mínima duda, a partir de su mirada, el bárbaro, el salvaje es uno mismo y no ellos. Es ante este escenario en el que el viaje nos coloca y enfrenta y en el que el viajero comienza a sentir extraño plantearse todo tipo de esquemas anteriormente adquiridos. La experiencia del viaje moldea completamente la visión propia del mundo y posibilita un nuevo planteamiento de todo lo que nos forma como persona: nuestra sociedad, sistema de valores, creencias, costumbres, afirmaciones, opiniones…

Lo que creíamos ser, no está ya tan claro y es por ello que también el viaje supone una no sencilla actividad de autoconocimiento y puesta en tela de juicio de nosotros y de todo lo que nos rodea: es la manera más real de vernos en unos ojos distintos.